El rol de la empatía en arquitectura (una reflexión)
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Diseñar con las personas en el centro
La arquitectura siempre fue un reflejo de la sociedad y de sus valores. Hoy, con un ritmo de vida cada vez más exigente, el bienestar emocional importa más que nunca, y la arquitectura, que es nuestro refugio, no puede quedar al margen. Por eso creo que la empatía, la capacidad de entender lo que siente y necesita otra persona, tiene que ser un pilar del diseño.
Parece obvio: sin personas no hay arquitectura. Pero distintas modas, crisis, burbujas inmobiliarias o simplemente otras formas de pensar fueron llevando, de a poco, a una arquitectura genérica, sin sentido, apática. Humanizarla importa por la salud de quienes la habitan y también por la nuestra como arquitectos, en el espacio que resulta y en el proceso de diseño.
Es hora de volver a lo que aprendimos de los maestros, por ejemplo de los nórdicos, que nombro por mi fascinación hacia ellos, aunque son muchos más, y de volver a diseñar con empatía.
Qué quiere decir diseñar con empatía
Diseñar con empatía es ponerse en el lugar de la persona, la familia o la comunidad para la que proyectamos: tener en cuenta sus emociones, sus experiencias y sus necesidades, y entender cómo un espacio puede afectarlas. Los lugares donde vivimos funcionan casi como una extensión del cuerpo. Los sonidos, los olores y lo que vemos influyen en cómo estamos, aunque no nos demos cuenta.
Una forma de hacerlo es poner el foco en la experiencia del espacio más que en la forma. Van dos hojas del cuaderno que rozan el tema: La poética del espacio en arquitectura y Fenomenología y neuroarquitectura 01.
En la práctica, es pensar en la comodidad, la accesibilidad, la seguridad y la inclusión, y en cómo un lugar puede facilitar el encuentro o dar refugio cuando hace falta. Desde los colores hasta la distribución, cada decisión influye en cómo nos sentimos y nos comportamos. Escribí más sobre esto en Espacios de afecto 01 y 02, en la perspectiva de Erving Goffman y en Superkilen.
Espacios que ayudan a salir adelante
Un lugar puede ayudar, o no, a que quienes lo habitan se recuperen de un mal momento. Lo veo en tres planos.
El primero es el espacio en sí. Los materiales, los colores, la luz y el equipamiento pueden dar confort y seguridad, y una distribución clara, fácil de recorrer, da sensación de control.
El segundo es el vínculo con el lugar. Los objetos y los detalles que reflejan quiénes somos refuerzan la pertenencia. Y hay lugares cargados de afecto, que nos recuerdan a la familia, a una amistad o a un amor, más allá del diseño. Como arquitectos tenemos que saber verlos, para no romper ese vínculo cuando proyectamos.
El tercero es lo social. Los espacios que invitan al encuentro ayudan a armar redes de apoyo, que son clave para salir adelante. Es lo que se ve en el ejemplo del final.
Lo social y lo psicológico
Pensar en las personas también es pensar en la diversidad: distintas edades, capacidades, culturas y formas de vivir. Un mismo espacio puede facilitar la conversación y el trabajo en común, o dar refugio y privacidad cuando se necesita.
Y los espacios influyen en el ánimo, en la concentración y en la salud mental. Lo conté, por ejemplo, con los beneficios de la biofilia.
Empatía y sostenibilidad
La empatía también mira hacia adelante. Una arquitectura empática aprende del pasado para no repetir los mismos errores y piensa en quienes vienen: edificios que dañen lo menos posible el ambiente y que nos acerquen a la naturaleza. Sobre eso escribí en Construir para la eternidad.
La empatía está en el proceso
No creo que exista una arquitectura empática como objeto terminado. La empatía está en el proceso de diseño y en cómo se lleva adelante cada obra. Cuando recorremos un edificio desde afuera de la comunidad o de la familia para la que se hizo, lo vemos con otros ojos, y cada uno lo vive distinto.
Empatizar también significa dignificar el trabajo de quienes construyen nuestros proyectos.
Un ejemplo: la Maternity Waiting Village

En Malawi, las casas de espera reciben a las embarazadas desde la semana 36 hasta el parto, cerca del hospital. En 2012, el gobierno se propuso construir 130 en todo el país. Las que había eran incómodas para las futuras madres.
MASS Design Group proyectó la de Kasungu, terminada en 2015, junto con médicos, enfermeras y embarazadas. Querían, en sus palabras, «un espacio donde las mujeres pudieran empoderarse y empezar su camino al parto en comunidad».
En lugar de un solo bloque, la dividieron en varias casas chicas alrededor de patios, como las casas familiares tradicionales de Malawi. Así es más fácil que las madres con experiencia compartan lo que saben con las primerizas. Los aleros grandes dan sombra y protegen de la lluvia, y debajo quedan lugares para juntarse. Las paredes son de bloques de tierra comprimida y estabilizada, que absorben el calor del día y lo devuelven de noche; con materiales del lugar y un diseño modular, el proyecto se puede repetir en otros sitios. Además, las madres pueden hacer artesanías y ganar algo de dinero mientras esperan.

Para mí, este proyecto muestra bien lo que es diseñar con empatía: escuchar primero, y que el edificio responda a cómo vive la gente.
Para seguir leyendo
El arte de habitar lo que somos
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Gracias por acompañarme en este proyecto.
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