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Espacios de afecto 02: arquitectura, empatía y comunidad


En esta nota · 5 secciones
  1. Cuidar lo que ya funciona
  2. Los detalles que se tocan
  3. La ciudad que junta
  4. Preguntar primero
  5. Para seguir leyendo

En Espacios de afecto 01 escribí sobre cómo los lugares nos hacen sentir. Esta segunda parte va un paso más allá: qué hace que un lugar se sienta propio y que la gente se encuentre en él.

Cuidar lo que ya funciona

Plaza Léon Aucoc, en Burdeos: piso de pedregullo con hojas secas, árboles alrededor, un farol y una hilera de casas bajas al fondo.
Plaza Léon Aucoc, en Burdeos

En 1996, la ciudad de Burdeos les encargó a Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal embellecer la plaza Léon Aucoc, en un barrio humilde. La recorrieron, la observaron y llegaron a una conclusión que pocos se animan a dar: la plaza ya funcionaba. Tenía sus árboles, sus bancos, su piso de pedregullo y su cancha de bochas, y la gente del barrio la usaba. Propusieron casi no tocarla: un poco de mantenimiento y nada más.

Veinticinco años después ganaron el premio Pritzker. Me gusta este ejemplo porque muestra que la empatía a veces es saber cuándo no intervenir. Lo que la gente ya siente como propio merece cuidado antes que cambios.

Los detalles que se tocan

Acceso vidriado de un edificio de Alvar Aalto: puertas con marcos de metal cobrizo y tiradores en diagonal, con una escalera al fondo.

Alvar Aalto cuidaba mucho lo que se toca: los tiradores de las puertas, las barandas, los asientos. Sus edificios, con formas orgánicas y materiales naturales como la madera y el ladrillo, transmiten calidez y una relación cercana con la naturaleza. El afecto por un lugar también se construye en esos detalles chicos que la mano encuentra todos los días.

Otro finlandés, Juhani Pallasmaa, lo explica en Los ojos de la piel: la arquitectura se vive con todo el cuerpo, y la vista es apenas uno de los sentidos. Un lugar que se puede tocar, oír y oler es más fácil de hacer propio.

La ciudad que junta

A escala de ciudad, Jan Gehl mostró en La humanización del espacio urbano cómo el diseño del espacio público invita, o no, a que la gente se quede y se encuentre. Y Christopher Alexander, en Un lenguaje de patrones, describió soluciones que se repiten en los lugares donde la vida en común funciona.

Medellín es un buen ejemplo. En 2004 se inauguró el Metrocable, un teleférico que conecta los barrios de las laderas, que estaban aislados, con el metro y el centro de la ciudad. Vino acompañado de bibliotecas, iluminación, puentes peatonales y espacio público. Un estudio publicado en 2012 comparó esos barrios con otros parecidos que no recibieron las obras, y encontró que allí la caída de los homicidios fue un 66 % mayor. No se le puede atribuir todo al cable, porque se hicieron muchas obras a la vez. Pero muestra cuánto puede cambiar un barrio cuando se lo conecta y se lo cuida.

La High Line de Nueva York muestra la otra cara. La antigua vía elevada de tren convertida en parque es un éxito de visitas, pero también se volvió un símbolo de la desigualdad creciente de Manhattan. En 2017, uno de sus fundadores, Robert Hammond, reconoció en una entrevista con CityLab que no habían logrado que el parque beneficiara a sus vecinos, y dijo que le hubiera gustado preguntarles desde el principio: «¿Qué podemos hacer por ustedes?».

Preguntar primero

Las tres historias dicen lo mismo de distintas maneras: la pertenencia no se diseña desde afuera. Hay que observar, preguntar y sumar a la gente al proceso, como pasó en Superkilen, en Copenhague. Lo desarrollé también en El rol de la empatía en arquitectura.

En una casa pasa lo mismo, a otra escala. Antes de cambiar, vale la pena entender qué ya funciona y qué siente propio quien la habita. A veces la mejor reforma es la que deja intacto el rincón que todos usan.


Para seguir leyendo

El arte de habitar lo que somos

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