Komorebi, shibui y yūgen: luz, sutileza y profundidad
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Otra nota sobre palabras japonesas. Ya hablé del wabi-sabi, la belleza de lo simple, lo pasajero y lo imperfecto. Esta vez son tres: komorebi, shibui y yūgen. No tienen traducción exacta al español, pero cada una nombra algo que en arquitectura buscamos todo el tiempo: la luz, la sutileza y la profundidad.
Te cuento qué significa cada una y cómo se puede llevar a una casa.
Komorebi: la luz entre las hojas
Komorebi es la luz del sol que se filtra entre las hojas de los árboles. La palabra junta tres ideas: árbol, filtrarse y sol. Es esa luz que se mueve, que dibuja manchas en el piso y en las paredes y que cambia con el viento y con la hora.
Le Corbusier escribió en 1923 que la arquitectura es «el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz». Para mí la luz no es un agregado: define cómo vemos un espacio y cómo nos sentimos en él. Y el komorebi tiene algo más: trae el afuera, el árbol, el viento y el paso del día, adentro de la casa.

En una casa se consigue con ventanas pensadas según el recorrido del sol, una pérgola con una enredadera, cortinas livianas o un árbol bien ubicado. Acá funciona muy bien un árbol de hoja caduca frente a una ventana al norte: en verano da sombra y esa luz filtrada, y en invierno, sin hojas, deja pasar el sol.
Shibui: la belleza que no se impone
Shibui al principio nombraba un sabor: el gusto áspero de un caqui todavía verde, lo contrario de lo dulce. Con el tiempo pasó a nombrar una belleza discreta, que no busca llamar la atención. Lo shibui parece simple a primera vista, pero tiene detalles sutiles que aparecen de a poco: una textura, una veta, una terminación bien hecha. El crítico Yanagi Sōetsu escribió mucho sobre esto en los años treinta, y en 1960 la revista estadounidense House Beautiful le dedicó dos números.
Lo contrario de lo shibui es la ostentación y el ornamento de más. Adolf Loos (se abre en otra pestaña)… te están llamando.
Una casa shibui puede parecer modesta, pero cuando la mirás de cerca ves la atención en cada detalle: cómo se encuentran los materiales, cómo entra la luz, qué se dejó afuera. Usa pocos materiales, naturales y buenos, que envejecen bien: la madera que toma pátina, la piedra que se gasta, el revoque que se mancha un poco. La casa gana carácter con los años.

Se parece al wabi-sabi, pero no es lo mismo. El wabi-sabi celebra lo imperfecto y lo gastado, a veces de forma muy marcada. Lo shibui puede tener algo de imperfecto, pero no tiene por qué: lo que lo define es la mesura.
Yūgen: lo que no se termina de ver
Yūgen se escribe con dos caracteres que significan algo así como «tenue» y «oscuro». Viene de la filosofía china, donde nombraba lo que es demasiado profundo para entenderlo del todo, y en Japón pasó a la poesía y al teatro nō, donde es uno de sus ideales. Es una belleza profunda y un poco misteriosa, que despierta asombro justamente porque no se muestra entera.
En arquitectura, el yūgen tiene mucho que ver con la sombra. Jun’ichirō Tanizaki lo explicó como nadie en El elogio de la sombra (1933), y algo de eso conté en La penumbra. Una casa con yūgen no ilumina todo por igual ni muestra todo de entrada: deja rincones en penumbra, recorridos que se descubren de a poco, una vista que aparece recién al doblar.
Cuando pienso en una arquitectura que despierta asombro, se me viene a la cabeza la capilla Bruder Klaus de Peter Zumthor, en un campo de Alemania, cerca de Mechernich. La encargó una familia de agricultores, los Scheidtweiler, que la construyó en buena parte con sus propias manos. Se consagró en 2007. Por fuera es un prisma de hormigón en medio del trigo. Por dentro, el hormigón se apisonó en capas alrededor de una carpa de 112 troncos que después se quemó. Quedó una cavidad negra, con la marca de la madera, que sube hasta una abertura al cielo.

En una casa no hace falta tanto. Alcanza con un pasillo que se angosta y después se abre, un cambio de altura del techo, una ventana que enmarca solo una parte del jardín, o un muro de madera local que deje ver sus vetas con la luz rasante.
Cinco formas de llevarlos a tu casa
- Mirá el sol antes de ubicar las ventanas. Fijate por dónde entra a cada hora y en cada estación. Si las ventanas ya están, un árbol, una enredadera o una cortina liviana pueden filtrar la luz y darle movimiento.
- Pocos materiales, buenos y que envejezcan bien. Dejá que la madera, la piedra y la luz sean protagonistas, y que el paso del tiempo se note.
- Un rincón para quedarse. Un lugar tranquilo para leer o mirar por la ventana, sin pantallas, con una luz más baja que el resto.
- No muestres todo de entrada. Un recorrido que se descubre de a poco, un jardín que tapa los bordes, contrastes de luz y sombra.
- Uní el adentro y el afuera. Una ventana grande hacia el verde, un patio, o simplemente colores y materiales que se lleven bien con lo que hay afuera.
Un poco más
Estas palabras se complementan con otras: el wabi-sabi, el kintsugi (el arte de reparar dejando ver la reparación), el mono no aware (la emoción ante lo pasajero) o el ma (el valor del intervalo, del vacío entre las cosas). Todas apuntan a lo mismo: espacios que, además de resolver lo práctico, nos ayuden a mirar.
Y ya que estamos con el japonés: arigatō gozaimasu.
Para seguir leyendo
- ArchDaily (2011). “Bruder Klaus Field Chapel / Peter Zumthor”. (se abre en otra pestaña)
- Le Corbusier (1923). Hacia una arquitectura.
- Norm Architects. “Azabu Residence”. (se abre en otra pestaña)
- Tanizaki, J. (1933). El elogio de la sombra. Siruela.
- Yanagi, S. (1972). The Unknown Craftsman: A Japanese Insight into Beauty. Kodansha.
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