Volver al Cuaderno

Oliver Sacks y la arquitectura: escuchar antes de diseñar


En esta nota · 9 secciones
  1. Una lista de ambientes
  2. Mirar desde donde mira el otro
  3. Ver no alcanza
  4. La memoria de los lugares
  5. Tres casas imaginarias
  6. Lo que preguntamos
  7. Cuentos con una fidelidad propia
  8. Escuchar antes de dibujar
  9. Para seguir leyendo
Retrato en blanco y negro de Oliver Sacks, sonriente, con los anteojos levantados sobre la frente.
Oliver Sacks (1933–2015). Imagen: The New York Times (se abre en otra pestaña)

Hay dos libros de Oliver Sacks que me marcaron: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985) y Un antropólogo en Marte (1995). Sacks fue un neurólogo inglés que trabajó la mayor parte de su vida en Nueva York. Escribía sobre sus pacientes contando sus vidas: cómo vivían con lo que les pasaba, qué los sostenía y qué inventaban para seguir adelante.

No soy médico, pero leyéndolo encontré muchas cosas que tienen que ver con mi trabajo. La principal: antes de diseñar hay que escuchar.

Una lista de ambientes

Muchas veces la gente llega al estudio con una lista: tres dormitorios, dos baños, una cocina integrada, un lugar para trabajar. La lista sirve y la tomamos en serio. Pero casi nunca dice lo que de verdad se necesita. Eso está entre líneas, y hay que ir a buscarlo.

Detrás de «una cocina integrada» puede haber alguien que quiere cocinar sin darles la espalda a sus hijos. Detrás de «un lugar para trabajar», una pareja con horarios opuestos, donde uno tiene que poder prender la luz sin despertar al otro. Eso no entra en una lista, pero cambia todo el proyecto.

Sacks hacía algo parecido. Los estudios médicos le decían qué no podía hacer un paciente; él quería saber cómo vivía. El caso que da título a su libro es el del doctor P., un profesor de música que había dejado de reconocer caras y objetos, al punto de confundir a su mujer con un sombrero. Aun así, se las arreglaba en su casa. Según su mujer, lo hacía cantando: tenía una canción para vestirse, otra para comer y otra para bañarse. Sacks entendió que la música había ocupado el lugar de la vista y le aconsejó que siguiera en el centro de su vida.

Me quedo con eso: lo que sostiene a una persona no siempre está donde uno lo busca. A veces es una rutina, un sonido, un objeto o un rincón. Si no preguntamos, un proyecto lo puede romper sin darse cuenta.

Mirar desde donde mira el otro

El título de Un antropólogo en Marte viene de Temple Grandin, una científica autista que diseña instalaciones para ganado. Le contó a Sacks que entre la gente muchas veces se sentía así: como alguien que observa y trata de entender las costumbres de un mundo ajeno.

Me gusta mucho cómo trabaja. En los años setenta, en Arizona, vio que algunas vacas se frenaban en las mangas y nadie entendía por qué. Ella se metió en la manga a sacar fotos de lo que veían los animales. Encontró que se asustaban de las sombras, del reflejo de un paragolpes y de la gente parada más adelante. Cuando se sacaban esos detalles, el ganado caminaba tranquilo.

En una casa pasa lo mismo. Hay cosas que solo se ven desde el lugar de quien la va a vivir: a la altura de un chico, desde la cama de alguien que se despierta a las cinco, desde la silla donde otra persona pasa la tarde. Por eso vale la pena recorrer la casa o el terreno con quienes lo van a habitar, y mirar desde donde miran ellos.

Ver no alcanza

En el mismo libro está Virgil, un hombre ciego desde muy chico al que operaron de cataratas a los cincuenta años. La operación salió bien, pero tuvo que aprender a ver casi como un bebé. Veía luces, colores y formas, pero no lograba armar con eso un mundo con sentido. Hasta entonces había entendido todo con el tacto.

Me hizo pensar en cuánto de una casa no se ve. Juhani Pallasmaa lo explica en Los ojos de la piel: la arquitectura se vive con todo el cuerpo. Una casa también es cómo suena el piso al caminar, cómo se siente la baranda en la mano, a qué huele la entrada, si hace frío junto a la ventana. En los proyectos solemos hablar casi solo de lo que se ve, y la vida de todos los días pasa por todo lo demás.

La memoria de los lugares

También está Franco Magnani, un pintor italiano que vivía en San Francisco y pintaba de memoria Pontito, su pueblo de la Toscana, al que no volvía desde hacía muchos años. En 1987, la fotógrafa Susan Schwartzenberg fue a Pontito y sacó fotos desde los mismos puntos que los cuadros. Los techos, los muros y las calles estaban donde él los recordaba. Pero en los cuadros las calles eran más anchas y las casas más regulares que en la realidad.

Recordamos los lugares como los vivimos. Por eso, cuando alguien se muda o reforma su casa, trae mucho más que muebles: trae los objetos y las costumbres que guardan su historia. Una parte del trabajo es saber cuáles son, para que la casa nueva les haga lugar.

Tres casas imaginarias

Son ejemplos inventados, pero se parecen mucho a lo que aparece cuando uno escucha:

  • La cocina en el centro. Un abuelo al que la memoria empieza a fallarle y para quien cocinar sigue siendo el mejor momento del día. La cocina puede pasar al centro de la casa, con estantes abiertos donde todo esté a la vista: lo que se ve no hay que recordarlo.
  • Un rincón para bajar. Una adolescente a la que el ruido la agota. Un rincón con materiales que absorban el sonido, una puerta que cierre bien y una luz suave pueden ser su lugar para descansar. De paso, la casa queda más tranquila para todos. Escribí más sobre esto en Arquitectura, autismo y altas capacidades.
  • Horarios opuestos. Una pareja donde uno se levanta a las cinco y el otro trabaja hasta tarde. La luz y el sonido de cada zona tienen que poder manejarse por separado, para que cada uno tenga su ritmo sin molestar al otro.

Lo que preguntamos

No usamos un formulario. Pero detrás de cada primera charla hay preguntas como estas:

  • ¿Cómo es un día normal, de la mañana a la noche? ¿En qué momento se traba?
  • ¿Qué lugares de la casa usan más y cuáles evitan?
  • ¿Qué objetos no pueden faltar, y dónde tienen que estar?
  • ¿Qué ruidos, luces u olores molestan, y cuáles hacen bien?
  • ¿Cómo va a cambiar la casa en diez o veinte años?

Muchas veces la respuesta más útil aparece de costado, cuando alguien cuenta una anécdota que no parecía tener nada que ver.

Cuentos con una fidelidad propia

Una aclaración. En diciembre de 2025, la periodista Rachel Aviv publicó en The New Yorker un artículo basado en los diarios de Sacks. Ahí se ve que él sabía que había cambiado detalles, y hasta inventado partes, de algunos de sus casos, sobre todo en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En una carta a su hermano lo llamó un libro de «cuentos de hadas»: relatos «mitad informe, mitad imaginación, mitad ciencia, mitad fábula, pero con una fidelidad propia».

Hoy los leo así. Lo que me sigue sirviendo de Sacks es su manera de mirar a las personas, y eso no depende de que cada detalle sea exacto.

Escuchar antes de dibujar

Cuando alguien nos trae su lista de ambientes, la usamos. Pero antes de dibujar preguntamos cómo vive, qué lo cansa, qué lo calma y qué quiere conservar. Lo aprendí, en parte, de un neurólogo que escribía cuentos sobre sus pacientes.


Para seguir leyendo

El arte de habitar lo que somos

Tapa de libro con el nombre: El arte de habitar lo que somos

Si esta lectura te gustó, quizá también te interese El arte de habitar lo que somos, mi libro sobre cómo la arquitectura, la psicología y la vida cotidiana se entrelazan en lo más humano: nuestro bienestar. Está disponible en Amazon (se abre en otra pestaña) en formato digital y físico, y en Uruguay podés conseguirlo por Mercado Libre (se abre en otra pestaña).

Gracias por acompañarme en este proyecto.

Conocer el libro

Casas y reformas

Una casa que te haga bien

Proyectamos casas, reformas e interiores pensando en la luz, el sonido y los recorridos de todos los días.

Ver casas, reformas e interiores