La penumbra
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Los arquitectos solemos pensar en la luz: dónde poner el ventanal, cómo entra el sol, cuánta claridad tiene un ambiente. Pensamos mucho menos en la sombra. Y sin embargo, muchos de los lugares donde mejor se está tienen poca luz: un rincón al fondo de la casa, una galería profunda, un cuarto con la persiana a medio bajar en una tarde de enero.
Esa luz intermedia, entre la claridad y la oscuridad, es la penumbra. Y para mí es una herramienta de proyecto tan importante como la luz.
El elogio de la sombra
El escritor japonés Jun’ichirō Tanizaki publicó en 1933 un ensayo corto que sigue siendo de lo mejor que se escribió sobre esto: El elogio de la sombra. Lo escribió cuando la luz eléctrica empezaba a llenar las casas de Japón, y es, en buena parte, una queja por lo que se estaba perdiendo.
Tanizaki dice que la belleza de una habitación japonesa depende de las sombras. Habla de los aleros profundos que dejan el interior en penumbra, del papel de los shōji que suaviza la luz que entra, del rincón del tokonoma donde la sombra se acumula, de la laca que solo muestra su belleza a la luz de una vela, del oro de un biombo que brilla en la oscuridad. Para él, lo bello está en el juego de luz y sombra entre las cosas, más que en las cosas mismas.
Tiene algo de exagerado, y de nostálgico. Pero leído desde la arquitectura, es una invitación a dejar de iluminar todo por igual.
Dos casas de Ken Nishiguchi
El arquitecto japonés Ken Nishiguchi trabaja muy bien la penumbra. Me gustan dos casas suyas, y me gusta más todavía lo que cuentan quienes las habitan, en la web de su estudio.
La Casa Kōdō (su nombre quiere decir algo así como «cueva de luz») está sobre una calle con mucho tránsito. Quienes la encargaron pidieron pocas ventanas y hormigón a la vista. Desde afuera parece una caja cerrada. Adentro, dos patios con árboles dan luz y aire, y la casa se siente abierta. Cuentan que se despiertan con una luz suave que entra de a poco, y que de noche llegan por un largo pasillo de entrada, apenas iluminado, que los hace sentir de vuelta en casa.

La Casa de la Tierra está rodeada de árboles. Quienes la habitan cuentan que no usan cortinas, porque las plantas los protegen de la vista desde la calle. En verano, los árboles del patio filtran el sol fuerte y la casa queda fresca. En invierno pierden las hojas, y el sol entra hasta el fondo. La penumbra cambia con la hora y con la estación.

Por qué la penumbra hace bien
La penumbra baja el ritmo. Con menos luz, los ojos descansan, las texturas se ven más (la veta de la madera, el grano del revoque) y el espacio se vuelve más íntimo. Es la luz del atardecer, de la siesta, de la sobremesa. No sirve para todo: para leer o cocinar hace falta buena luz. Pero una casa donde todo está igual de iluminado pierde profundidad.
Es lo que en japonés se llama yūgen, la belleza de lo que no se termina de ver. Lo conté en Komorebi, shibui y yūgen.
Cómo llevar la penumbra a una casa
- Aleros, galerías y árboles. Filtran el sol fuerte y dejan entrar la luz de invierno, como en la Casa de la Tierra.
- Luz indirecta. Que rebote en una pared o en el techo, en lugar de caer directa.
- Varias luces bajas en lugar de una fuerte en el centro del techo, y que se puedan graduar.
- Materiales mates, como la madera, la piedra o el revoque, que absorben la luz en vez de reflejarla.
- Recorridos con cambios de luz: pasar por un lugar en penumbra antes de llegar a uno luminoso hace que la luz se sienta más.
- Persianas, postigos y cortinas que permitan elegir cuánta luz entra en cada momento.
En arquitectura, la sombra importa tanto como la luz.
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