Espacios de afecto 01: emociones e inteligencia emocional
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Muchos arquitectos y pensadores estudiaron la relación entre la arquitectura y las emociones. Sabemos que el entorno influye en la vida de todos los días, pero muchas veces pasamos por alto cuánto afecta lo que sentimos. Esta nota, la primera de dos, es sobre esa relación y sobre cómo puede ayudarnos la inteligencia emocional al diseñar.
Qué nos afecta
La materialidad, la luz, la forma y el orden de un espacio influyen mucho en cómo nos sentimos. Sin embargo, la formación en arquitectura suele poner el foco en lo formal y lo estético, y deja de lado lo sensorial y lo emocional, que es lo que viven quienes habitan un espacio.
La expresión «arquitectura emocional» tiene su historia. En 1953, el artista Mathias Goeritz presentó en Ciudad de México su Manifiesto de la arquitectura emocional, con la apertura del Museo Experimental El Eco. Goeritz trabajó con Luis Barragán, el autor de la casa de la foto, en el Pedregal y en las Torres de Satélite. Otros arquitectos, como Alvar Aalto, Peter Zumthor, Steven Holl o Juhani Pallasmaa, cada uno a su manera, también pusieron la experiencia emocional en el centro.
Inteligencia emocional
La inteligencia emocional es la capacidad de percibir, usar, comprender y regular las emociones, propias y ajenas. Los psicólogos Peter Salovey y John Mayer la describieron como un conjunto de cuatro habilidades: percibir las emociones, usarlas para pensar, comprenderlas y manejarlas.
Llevada a la arquitectura, pide dos cosas. Primero, ponerse en el lugar de quienes van a habitar un espacio e imaginar qué van a sentir ahí. Segundo, hacer espacios que les dejen ajustar el ambiente a lo que necesitan en cada momento: más luz o menos, más abierto o más resguardado, más movimiento o más silencio.
Para eso, como arquitectos tenemos que estar dispuestos a mirar nuestras propias emociones y las de los demás, y a reconocer el efecto de los espacios en ellas. También ayuda aprender de la psicología y la sociología, y trabajar con otras disciplinas.
Podríamos hablar también de humanizar la arquitectura: de cómo la materialidad y la forma dignifican la experiencia de quienes habitan los espacios. Pienso en el ladrillo, el espacio y la luz en la obra del ingeniero uruguayo Eladio Dieste.
Tres ejemplos
Can Lis, de Jørn Utzon

Jørn Utzon construyó Can Lis en Porto Petro, Mallorca, a principios de los años setenta, como casa para él y su mujer, Lis. La casa refleja la serenidad de la isla: muros de piedra arenisca del lugar, aberturas profundas que enmarcan el mar y un recorrido que lleva de a poco a la calma.
Termas de Vals y capilla Bruder Klaus, de Peter Zumthor

De Peter Zumthor ya hablé en La poética del espacio. En las Termas de Vals (1996) y en la capilla Bruder Klaus (2007), los materiales, la luz y los recorridos arman atmósferas serenas, que desconectan del entorno e invitan a la introspección. La arquitectura se vuelve una extensión de nosotros y, a la vez, una herramienta para pensar con claridad.
En la capilla, además, la emoción empieza antes de la obra. La encargó una familia de agricultores, los Scheidtweiler, que la construyó en buena parte con sus propias manos y con ayuda de la comunidad.
Fábrica TEM y depósito Julio Herrera y Obes, de Eladio Dieste

La obra de Eladio Dieste, y sobre todo su búsqueda por dignificar el trabajo y los espacios, baja a tierra todo esto. Con un material que cabe en la mano, el ladrillo, armó grandes espacios que parecen desafiar la gravedad, en un proceso constructivo que pone en valor a las personas. En la foto, los propios obreros se sientan sobre la bóveda durante la prueba de carga. El resultado es una fábrica o un depósito donde se dignifica la actividad humana.
Lo que aporta
Poner en el centro las emociones de quienes habitan un espacio lleva a lugares más acogedores, cómodos y humanos. La arquitectura emocional discute la idea de que diseñar es sobre todo una cuestión de forma, y propone pensar en la calidad de vida. Mirar nuestras propias experiencias y las de los demás nos ayuda a entender mejor esa relación y a crear lugares que nos hagan bien.
Continúa
La segunda parte, Espacios de afecto 02, sigue con la pregunta de qué hace que un lugar se sienta propio y cómo el afecto puede pasar de la casa a la comunidad. Sobre los terceros lugares de Ray Oldenburg escribí en La importancia de los terceros lugares, y sobre Erving Goffman y el teatro de la vida cotidiana, en Diseño centrado en el ser humano.
Para seguir leyendo
- Goeritz, M. (1953). Manifiesto de la arquitectura emocional.
- Mayer, J. D. y Salovey, P. (1997). “What is emotional intelligence?”. En P. Salovey y D. Sluyter (eds.), Emotional Development and Emotional Intelligence. Basic Books.
- Morgado, I. (2010). Emociones e inteligencia social. Las claves para una alianza entre los sentimientos y la razón. Ariel.
- Pallasmaa, J. (2019). Tocando el mundo. Ediciones Asimétricas.
- Zumthor, P. (2017). Pensar la arquitectura. Gustavo Gili.
- Metalocus. Casa Can Lis de Jørn Utzon, mirando al Mediterráneo, restaurada por Lise Juel. (se abre en otra pestaña)
- FADU, Udelar. Fábrica TEM S.A., Eladio Dieste. (se abre en otra pestaña)
- FADU, Udelar. Depósito Julio Herrera y Obes, Eladio Dieste. (se abre en otra pestaña)
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