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El lugar, la materialidad y la forma


En esta nota · 6 secciones
  1. El lugar
  2. La materia que da el lugar
  3. La materia y la forma
  4. ¿La forma sigue a la función? Le pregunto a Sullivan
  5. Una responsabilidad
  6. Para seguir leyendo
Pabellón de techo liviano entre árboles y grandes rocas en el Parque Nacional de Mali, en Bamako, de Francis Kéré.
Parque Nacional de Mali, en Bamako, de Francis Kéré. Imagen: ArchDaily (se abre en otra pestaña)

Cada vez que empiezo un proyecto me hago la misma pregunta: ¿qué me pide este lugar? La arquitectura es más que levantar un edificio. Es entender un terreno, un clima, unas costumbres, un tiempo. Y de ahí salen, o deberían salir, los materiales y la forma.

El lugar

El arquitecto noruego Christian Norberg-Schulz recuperó en Genius loci (1980) una idea muy vieja: cada lugar tiene un carácter propio, un «espíritu». Está hecho del suelo, de la luz, del clima, de lo que crece, de cómo vive la gente y de lo que ya se construyó. Proyectar es, primero, aprender a leerlo.

Ese carácter es lo que hace que un lugar sea único. Si lo ignoramos, el edificio podría estar en cualquier parte. Si lo entendemos, la obra se vuelve parte del lugar y lo mejora.

La materia que da el lugar

El lugar también es una fuente de materiales. Los que se producen cerca suelen llevarse mejor con el clima y el suelo, se reparan con oficios que la gente conoce y, muchas veces, viajan menos y dejan una huella menor. Por eso en tantas partes del mundo se construyó con barro, con piedra, con madera o con ladrillo, según lo que había. Paul Oliver documentó esa variedad en Dwellings: The Vernacular House Worldwide (2003).

Un buen ejemplo es la escuela que Francis Kéré, mi estimadísimo Kéré, hizo en Gando, su pueblo en Burkina Faso. La terminó en 2001, con ladrillos de tierra hechos ahí mismo por los vecinos, y en 2004 ganó el premio Aga Khan. En 2022, Kéré ganó el Pritzker.

La materia y la forma

Cada material tiene sus formas. La madera se deja trabajar en piezas largas y livianas; la piedra pide formas más pesadas y macizas; el ladrillo, el arco y la bóveda. Conocer lo que puede y lo que no puede un material es conocer qué formas son posibles.

Interior de la Iglesia de Cristo Obrero, de Eladio Dieste: muros y techo de ladrillo que ondulan, con pequeñas aberturas de luz.
Iglesia de Cristo Obrero, de Eladio Dieste, en Atlántida. Imagen: la diaria (se abre en otra pestaña)

Nadie lo mostró mejor que el ingeniero Eladio Dieste. Con ladrillo y muy poco acero inventó la cerámica armada, y con ella hizo muros y techos que ondulan. La Iglesia de Cristo Obrero, en Atlántida (1958 a 1960), es su obra más conocida, y desde 2021 es Patrimonio Mundial de la UNESCO. Usó el material más común del país para hacer algo que nadie había hecho.

Del otro lado del mundo, el sueco Sigurd Lewerentz hizo con ladrillo la iglesia de San Marcos, en Björkhagen, en las afueras de Estocolmo (1960). Se puso una regla: no cortar ni un ladrillo. Las juntas de mortero, de anchos distintos, absorben las diferencias. El muro termina siendo casi una piel, con la marca de cómo se hizo.

Interior de la iglesia de San Marcos de Sigurd Lewerentz: muros y bóvedas de ladrillo oscuro con juntas anchas, en penumbra.
Iglesia de San Marcos, en Björkhagen, de Sigurd Lewerentz. Imagen: Arkitok (se abre en otra pestaña)

Ni Dieste ni Lewerentz hicieron arquitectura vernácula. No copiaron el pasado. Tomaron un material del lugar y lo llevaron hasta donde nadie lo había llevado. Lo mismo hicieron, cada uno a su modo, Alvar Aalto (pienso en el ayuntamiento de Säynätsalo, de ladrillo y madera entre los pinos), Geoffrey Bawa, Álvaro Siza o Tadao Andō.

¿La forma sigue a la función? Le pregunto a Sullivan

En 1896, el arquitecto estadounidense Louis Sullivan escribió que la forma sigue a la función, y la frase se volvió un lema del siglo XX. Tiene algo de cierto, pero se queda corta. Para mí, la forma también sigue al lugar y a la materia: al paisaje, al clima, al suelo, a la historia y a lo que se puede construir ahí.

El historiador Kenneth Frampton defendió lo que se llamó regionalismo crítico: una arquitectura moderna que responde a su lugar sin caer en la postal. Para mí la clave está en abstraer bien las «verdades» de cada lugar. Entender por qué sus formas son como son, en lugar de repetirlas, y proyectar con esa misma lógica.

Una responsabilidad

Elegir un material y una forma va más allá del gusto. Define cómo envejece un edificio, cuánto le cuesta al ambiente, cómo se lleva con lo que tiene alrededor y cómo lo viven las personas. Hacer edificios que dialoguen con su lugar, y que lo mejoren, debería ser parte de nuestra responsabilidad como arquitectos.


Para seguir leyendo

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