La cocina positivista vs la cocina existencialista en la arquitectura
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Esta es la tercera nota que relaciona la comida con la arquitectura. Sale de dos lecturas de un verano: La cabaña de Heidegger. Un espacio para pensar, de Adam Sharr, y La buena vida. Visita guiada a las casas de la modernidad, de Iñaki Ábalos, los dos de Gustavo Gili. El título del primero no dice mucho de qué va a hablar; si Heidegger te da curiosidad, la compra es clara.
El de Ábalos promete más, y cumple. Recorre siete casas, reales o imaginadas, del siglo XX y empareja cada una con una forma de pensar: las casas patio de Mies van con Nietzsche, la cabaña de Heidegger con el existencialismo, la casa de los Arpel de Mi tío, la película de Jacques Tati, con la crisis del positivismo. Leyéndolo se me ocurrieron dos preguntas sobre nuestras cocinas.
¿Qué sería una cocina positivista y qué una existencialista? ¿Cómo pesan esas dos formas de pensar en cómo diseñamos hoy la cocina?
No sé si los nombres son del todo correctos. El propio Heidegger no se consideraba existencialista. Pero como imagen sirven para entender dos maneras opuestas de pensar la cocina. Y en la práctica no hace falta elegir: hoy vivimos en una especie de eclecticismo, donde tomamos piezas de acá y de allá para armar la cocina que le sirve a cada persona.
La cocina positivista
El positivismo, que nació en el siglo XIX, sostiene que solo conocemos de verdad lo que se puede observar y medir con el método de la ciencia. Llevado a una casa, es la idea de que un espacio se puede estudiar como un taller: cada movimiento, cada distancia, cada tarea. Una cocina positivista sería ordenada, higiénica, fácil de limpiar, con todo medido para ahorrar pasos y tiempo.
La cocina Frankfurt
El mejor ejemplo es la cocina Frankfurt. La diseñó la arquitecta austríaca Margarete Schütte-Lihotzky (1897-2000) en 1926 y 1927, para las viviendas sociales que se construyeron en Frankfurt después de la Primera Guerra Mundial, y se instalaron miles.

Es una cocina chica, de 1,87 por 3,44 metros, pensada al detalle. Tiene dos frentes enfrentados. En uno están los fuegos con el horno, la despensa y una caja aislada donde la comida terminaba de cocinarse con su propio calor. En el otro, el armario de ollas, los cajones para alimentos, la pileta y el escurridor, que doblan bajo la ventana y siguen en la mesa de trabajo. Así, el área de trabajo forma una L, con el otro frente delante. Pero para moverse es lineal: se entra por la puerta y se va en línea recta hacia la ventana, con todo a uno o dos pasos. Tiene además un taburete giratorio para trabajar sentado, una tabla de planchar que se pliega contra la pared y una boca en la mesa para tirar los desperdicios.
Tuve la suerte de ver una en un viaje a Nueva York, en el MoMA (se abre en otra pestaña) si no recuerdo mal. El museo tiene una original en su colección, que mostró en la exposición Counter Space (2010-2011).
La cocina Frankfurt cambió la forma de pensar la cocina. Es la abuela de casi todas las cocinas equipadas que conocemos, con su mesada continua, sus muebles a medida y su orden.
La cocina existencialista
El existencialismo dice, con la frase de Sartre, que la existencia precede a la esencia: no nacemos con un destino fijo, nos definimos por lo que hacemos y elegimos. Llevado a una casa, es la idea de espacios que reflejan cómo vive cada uno, hechos con materiales nobles y naturales, con objetos que cuentan una historia, más pensados para la experiencia que para la eficiencia.
La cocina de la cabaña de Heidegger
Martin Heidegger se hizo construir una cabaña en 1922 en Todtnauberg, en la Selva Negra. Es chica, de unos 6 por 7 metros, y tiene cuatro espacios: la entrada, la cocina con la mesa, el dormitorio y el estudio. Era sencilla y rústica, con una estufa de leña y una mesa, y la vida diaria pasaba por ahí: cocinar, comer, conversar, pensar.
No queda claro quién cocinaba. En la foto, la que está frente a la estufa es Elfride Heidegger, su esposa (de soltera, Petri), y Sharr reconoce que no se sabe bien cuánto participó ella en la cabaña. Lo que sí queda claro es que la cocina era el corazón de la casa.
Sharr sugiere que la cabaña es una manifestación de la idea de habitar de Heidegger, la que desarrolló en Construir, habitar, pensar (1951): para él, habitar es mucho más que ocupar un lugar. Lo conté en Habitar. La estufa de leña, la mesa y los utensilios de siempre hablan de una vida simple y atada a un lugar.
¿Y hoy?
Hoy la información circula tan rápido que las formas de pensar se mezclan, y a veces un estilo se vuelve viral de un día para el otro. Ese eclecticismo tiene algo bueno: nos deja tomar lo mejor de cada postura.
De la cocina Frankfurt me quedo con el orden, los recorridos cortos y que todo esté a mano. De la cabaña, que la cocina sea el centro de la casa, con una mesa donde quedarse y materiales que envejecen bien. Como arquitectos podemos combinar las dos: una cocina que funcione y que, a la vez, se parezca a quienes la usan.
Surgen más preguntas
¿Qué podemos aprender de estas dos cocinas tan distintas? ¿Cuál se adapta mejor a cómo vivimos hoy? No hay una sola respuesta: depende de lo que cada persona valora y necesita. Lo importante es conocer lo que da y lo que pide cada opción, y diseñar con criterio. La cocina es un lugar para cocinar y comer, y también para vivir.
Para seguir leyendo
- Ábalos, I. La buena vida. Visita guiada a las casas de la modernidad. Gustavo Gili. (se abre en otra pestaña)
- MoMA (2010-2011). Counter Space: Design and the Modern Kitchen. (se abre en otra pestaña)
- Sharr, A. (2008). La cabaña de Heidegger. Un espacio para pensar. Gustavo Gili. (se abre en otra pestaña)
- Imagen de la cocina Frankfurt (para compartir): Wikipedia (se abre en otra pestaña).
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