La arquitectura, la comida y la “cultura del apuro”
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Una nueva nota que vincula la arquitectura y la comida. Se puede leer como una continuación de La ciudad y la mesa. La siguiente es La cocina positivista vs la cocina existencialista, donde seguramente me voy por las ramas.
Me incluyo dentro de la sociedad del apuro. Y sí, no suelo almorzar por estar en el escritorio, por no sentirme acompañado, porque no quiero, o no sé, simplemente porque algo en mi cabeza me dice que no lo haga. Me suelen preguntar al respecto y nunca tengo una respuesta clara. Pero también almorcé en la plaza con compañeros de trabajo, en la panadería con amigos o en alguno de esos restaurantes que suelen estar a 200 o 300 metros de la obra de turno.
La arquitectura influye en cómo nos alimentamos, y nuestros espacios se van adaptando a medida que cambian la cultura y la sociedad. En esta nota escribo sobre cómo cambió la arquitectura según cambió nuestra forma de comer, y sobre cómo responden los espacios a lo que necesitamos hoy.
Una relación que cambia
La arquitectura siempre acompañó la comida en cada cultura: de la cocina y el comedor de la casa a los locales de comida rápida de la ciudad. Hoy muchos restaurantes son, además, lugares de encuentro y de entretenimiento, y a veces se usan más por su espacio que por su cocina. Los sociólogos Alan Warde y Lydia Martens estudiaron en Eating Out (2000) cómo comer afuera es también una forma de encontrarse, de disfrutar y de mostrar quiénes somos.
La cultura del apuro
Vivimos en una especie de cultura del apuro. La comida dejó de girar alrededor de la relación entre la cocina y el comedor, y pasó a depender de la distancia entre el sillón o el escritorio y nuestro restaurante favorito. Antes la hacíamos en casa; ahora la pedimos por una aplicación como PedidosYa o Rappi. Los instrumentos de esta cultura se mudaron a la calle por donde pasa el delivery y a la vereda donde está el restaurante que nos queda cómodo.
El delivery
Cuando pedimos comida, lo céntrico que sea el lugar donde vivimos o trabajamos define si podemos comer sin esperar más de la cuenta en nuestra hora libre.
La comida pasa a tener un carácter urbano, y no por ser comida callejera: lo urbano está en lo rápido que responden los restaurantes de cada zona. La trama de la ciudad, más o menos eficiente, se vuelve clave para que la comida llegue a nuestras manos.
A veces vamos a buscar la comida y la comemos en casa, o en el parque más cercano, donde encontremos un lugar para sentarnos al resguardo del sol o del viento. Y el lugar define qué comemos y con qué. Si almorzamos en una plaza, como la Plaza del Entrevero, en el Centro de Montevideo, seguramente elijamos una hamburguesa o un sándwich, que se sostienen solos y no piden cubiertos. Una porción de pizza, doblada, se curva y se sostiene sola como una bóveda de Gaudí hasta que cada triángulo llega a la boca.
La mesa de siempre
En el otro extremo, en las reuniones familiares, los instrumentos cambian. Ahí la cocina y el comedor son imprescindibles para el ritual. La arquitectura contiene la actividad, y la mesa, el plato, el tenedor y la cuchara son parte de la ceremonia.
Dos salidas
Una es aceptar el cambio. En las ciudades grandes, los restaurantes pasaron a ser parte del paisaje urbano y lugares de encuentro, y su arquitectura cambió para responder a eso.
La otra, una respuesta a esta cultura del apuro en la que solemos vivir entre semana, es tomar una postura más zen y comer de forma consciente. La alimentación consciente, o mindful eating (se abre en otra pestaña), propone prestar atención a las señales de hambre y de saciedad, saborear cada bocado, disfrutar los sabores y las texturas, y darse cuenta de cómo lo que comemos nos afecta.
Mindful eating
Comer con atención depende sobre todo de cada uno, pero la arquitectura puede acompañar esa decisión. Un local de comida rápida frío y ruidoso, clásico de la cultura del apuro, no ayuda a concentrarse en lo que comemos. Un lugar cálido, con sonidos amables o naturales y texturas de materiales naturales, sí. Los espacios al aire libre también pueden serlo.
Comer así es un respiro frente a un apuro que nos estresa todos los días. Por eso importa que la arquitectura permita a quienes usan estos espacios conectarse consigo mismos y desconectarse un rato de lo de afuera. Y si la calle se vuelve nuestro comedor, hay que pensar las plazas como lugares amables, seguros, para encontrarse y al resguardo del clima.
Entiendo que, como arquitectos, nuestras decisiones éticas tienen que acompañar las necesidades y las preocupaciones de quienes usan lo que diseñamos. Muchas veces son de conocimiento general, pero no siempre nos las dicen directamente. Y en muchos casos, quien nos contrata no es quien va a usar el espacio.
Para seguir leyendo
- Harvard T.H. Chan School of Public Health. Mindful Eating. The Nutrition Source. (se abre en otra pestaña)
- Warde, A. y Martens, L. (2000). Eating Out: Social Differentiation, Consumption and Pleasure. Cambridge University Press.
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