Habitar: la confluencia de espacio, ser y tiempo
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El diccionario de la Real Academia dice que habitar es «vivir, morar». Entre los sinónimos que da hay tres que me gustan mucho: vivir, arraigarse y estar. Ninguno habla de metros cuadrados.
Lo más fácil es pensar que habitar es ocupar un lugar. Pero se queda corto. Una casa es también donde se mezclan nuestros recuerdos, nuestras costumbres y lo que deseamos. Con los años se vuelve una extensión de quienes somos, y un refugio para la vida de adentro. De eso escribí también en Espacios de afecto.
Lo que me dejó Pallasmaa
Juhani Pallasmaa es un arquitecto finlandés que escribió mucho sobre esto. En Habitar (Gustavo Gili, 2016) reunió cinco ensayos sobre la casa, el hogar y el arraigo. Hay ideas de ese libro que me acompañan en el trabajo. Las cuento con mis palabras:
- Una casa no es lo mismo que un hogar. La casa es la construcción; el hogar es lo que hacen con ella quienes la viven. El arquitecto diseña la primera, pero el segundo se arma con el tiempo.
- Habitar es un ida y vuelta. Nos instalamos en un espacio y, de a poco, ese espacio se instala en nosotros. Un lugar cualquiera se vuelve un lugar propio, y después, un hogar.
- Un hogar no se compra hecho. Se arma con rutinas, rituales, objetos y recuerdos. Por eso cambiar los muebles o pintar no alcanza para que una casa se sienta propia.
- La relación entre quien proyecta y quien habita importa. Pallasmaa escribió mucho sobre la Villa Mairea (1939), la casa que Alvar Aalto proyectó para sus amigos Maire y Harry Gullichsen. Es un caso raro en el que la arquitectura y la vida de quienes la iban a habitar se pensaron juntas.
El tiempo también se habita
Los lugares guardan el tiempo. La marca en el marco de la puerta donde se medía la altura de los chicos, el escalón gastado, la mesa que vio pasar cumpleaños. Una casa es también la suma de los momentos que se vivieron en ella.
Por eso me interesa una arquitectura que no apure. En un mundo lleno de estímulos y de urgencias, una casa puede ser el lugar donde el tiempo va más despacio: donde hay un rincón para leer, una ventana para mirar sin hacer nada, una mesa donde se come sin mirar el reloj. Algo de eso conté en La arquitectura, la comida y la cultura del apuro.

El espacio nos cambia
Habitar es una relación de dos lados. Nosotros cambiamos el espacio: lo ordenamos, lo llenamos de cosas, lo gastamos. Y el espacio nos cambia a nosotros: nos invita a reunirnos o a aislarnos, nos calma o nos cansa, nos marca recorridos y costumbres.
Los edificios no son cajas neutras donde pasa la vida. Influyen en cómo nos movemos, en cómo nos encontramos con otros y en cómo nos sentimos. Diseñar una casa es, en parte, diseñar las relaciones que van a pasar adentro.
Qué cambia en un proyecto
Pensar así el habitar cambia la forma de trabajar:
- Preguntar por la vida, además de por los ambientes. Cómo es un día normal, qué rituales hay, qué objetos no pueden faltar. Lo cuento en Oliver Sacks y la arquitectura.
- Dejar lugar para lo que todavía no pasó. Una casa que se puede ampliar, dividir o cambiar de uso acompaña mejor una vida que cambia.
- Elegir materiales que guarden memoria: madera, piedra, revoques que envejecen bien y cuentan el paso del tiempo.
- No entregar una casa «terminada». El hogar lo terminan quienes lo viven, con sus cosas y sus años.
Habitar es mucho más que ocupar un lugar. Si lo entendemos, podemos hacer casas que acompañen la vida de adentro, y que con el tiempo se vuelvan un hogar.
Para seguir leyendo
- Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar.
- Pallasmaa, J. (2016). Habitar. Barcelona: Gustavo Gili.
- Pallasmaa, J. Los ojos de la piel. La arquitectura y los sentidos. Barcelona: Gustavo Gili.
- Pallasmaa, J. La mano que piensa. Barcelona: Gustavo Gili.
- Real Academia Española. «Habitar». Diccionario de la lengua española. (se abre en otra pestaña)
- La poética del espacio en arquitectura, en este Cuaderno.
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