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Un viaje a través de los sentidos


En esta nota · 6 secciones
  1. Los cinco sentidos de siempre
  2. Somos más que cinco sentidos
  3. Espacios que cuidan
  4. En el proyecto
  5. Lo que gana un diseño que piensa en los sentidos
  6. Para seguir leyendo
Ex of In House de Steven Holl: una mujer lee sentada tras una gran ventana curva en la fachada blanca, rodeada de árboles.
Ex of In House (2016), de Steven Holl, en Rhinebeck, Nueva York

En los últimos tiempos, buena parte de la arquitectura se enfocó en lo funcional y priorizó la eficiencia sobre la experiencia de las personas. La neuroarquitectura discute ese enfoque y propone que quien habita un espacio sea el punto de partida del diseño, algo que Merleau-Ponty ya planteaba desde la fenomenología. La arquitectura, además de funcionar, tiene que involucrar a los sentidos y hacer de cada espacio una experiencia que se piensa y se siente.

Afectamos al mundo por la forma en que lo percibimos, y el entorno nos afecta a nosotros. Algo parecido a lo que dijo Winston Churchill en 1943, cuando se discutía cómo reconstruir la Cámara de los Comunes después de un bombardeo: «Damos forma a nuestros edificios, y después nuestros edificios nos dan forma a nosotros».

La arquitectura es una experiencia que nos envuelve con todos los sentidos. Juhani Pallasmaa, Peter Zumthor, Steven Holl, Carlo Scarpa y Luis Barragán, con su obra y sus escritos, nos enseñan a trabajar esa relación entre los espacios y los sentidos. Como arquitectos, tenemos el deber de diseñar espacios que, además de cubrir las necesidades físicas, se vivan con el cuerpo entero.

Los cinco sentidos de siempre

Los sentidos son la puerta a la realidad que nos rodea. Cómo perciben el entorno, y cómo el cerebro procesa esas señales, define cómo vivimos los espacios. Y lo que ya vivimos antes, nuestra experiencia previa, enriquece ese diálogo con lo construido y con lo natural.

La vista

La arquitectura de nuestro tiempo estuvo dominada por la vista. Por cómo evolucionamos, gran parte de la información nos llega por los ojos, y con ellos decidimos en una primera instancia, y de forma superficial, si algo es amigable o peligroso, lindo o feo. Pallasmaa nos invita a mirar más allá de la superficie.

La belleza de un espacio está en las formas y los colores, y también en cómo la luz se apoya en los materiales, arma sombras y cambia lo que percibimos. Una primera impresión importa, pero el espacio tiene que seguir contando algo a los otros sentidos. Si no, nos quedamos en una fachada, en lo que Robert Venturi y Denise Scott Brown llamaron el «tinglado decorado».

El tacto

La mano es esencial para vivir un espacio. La textura de los materiales, la temperatura de las superficies y la calidad de los detalles hacen que entendamos y disfrutemos un lugar. Como los otros sentidos, el tacto nos dice qué nos resulta agradable o desagradable, nos invita a acercarnos y genera intimidad y afecto. Y la mano también nos conecta con el tiempo y con la tradición.

El oído

La acústica de un espacio influye en el ánimo y en cómo nos comportamos. El eco de los pasos, el murmullo de una conversación o el silencio de una biblioteca arman la atmósfera de un lugar. Una mala acústica puede arruinar todo lo que los otros sentidos disfrutan y afectar mucho cómo estamos. Si sos de los míos, vas a entender el sobresalto que nos da no saber de dónde viene un sonido, y lo importante que es controlarlo para poder seguir con lo que estamos haciendo.

El olfato y el gusto

Muchas veces subestimados, el olfato y el gusto son poderosos para despertar emociones y recuerdos. El olor de la madera, el aroma de un jardín o el aire fresco pueden anclar un lugar en nuestra vida. Y también nos alertan: olemos la humedad o un mal olor y reaccionamos enseguida, de forma automática, lo que en neurociencia se llama una reacción de abajo hacia arriba (bottom-up).

Un buen olor nos invita a entrar y a quedarnos, o nos ayuda a reconocer un lugar. Como cuando entramos a una tienda de M&M que huele a chocolate, o a las papelerías Mosca o Daniel Cassin, que huelen al chicle Bubbaloo que comíamos de chicos; cuando pasamos cerca de nuestro restaurante favorito, o cuando prendemos una vela aromática para recibir a alguien.

Zaishui Art Museum de Junya Ishigami: largo volumen delgado sobre pilares finos que se extiende sobre el agua, con cerros de fondo.
Zaishui Art Museum, de Junya Ishigami + associates

Somos más que cinco sentidos

Equilibrio y propiocepción

El sentido del equilibrio, que depende sobre todo del oído interno, y la propiocepción, que nos dice dónde está nuestro cuerpo y cómo se mueve, son esenciales para vivir un espacio. La arquitectura los pone en juego cuando guía el movimiento: un puente colgante o una escalera caracol se sienten muy distinto que un camino recto y firme. Zumthor habla mucho de cómo los espacios nos hacen movernos, detenernos y orientarnos.

Un edificio que invita a moverse, por cómo están distribuidos sus espacios, le hace bien al cuerpo y a la cabeza. Si además sumamos la vista y una buena señalización, recorrer un lugar que no conocemos se vuelve más fácil; sin eso, aparecen la desorientación y el estrés. La Casa NA de Sou Fujimoto, aunque es muy especial, muestra cómo un espacio puede invitar a moverse y a relacionarse con el entorno.

Casa Na de Sou Fujimoto: estructura blanca con plataformas a distintas alturas, libros y vidrio; varias personas sentadas y una subiendo.
Casa NA (2011), de Sou Fujimoto, en Tokio

Interocepción

La interocepción es la percepción de lo que pasa adentro del cuerpo: el hambre, la sed, el ritmo del corazón. La arquitectura también la toca. Una luz suave y colores cálidos pueden dar calma, mientras que un lugar ruidoso y caótico puede acelerarnos el pulso y generar ansiedad.

El neurocientífico Vittorio Gallese, uno de los investigadores de Parma que descubrieron las neuronas espejo, propone que cuando miramos un espacio el cuerpo simula, sin que nos demos cuenta, lo que ese espacio nos invita a hacer. Lo desarrolló con el arquitecto Alessandro Gattara en Mind in Architecture (2015).

Sinestesia

En la sinestesia, estimular un sentido despierta de forma automática una experiencia en otro. Una arquitectura que usa colores, formas y texturas de manera poco habitual puede jugar con eso, como cuando parece que «sentimos» un color o «vemos» un sonido.

Espacios que cuidan

Por cómo los percibimos, los espacios despiertan respuestas emocionales directas. La proporción, la simetría y la armonía pueden dar placer o incomodidad. Un buen diseño usa eso para cuidar a quienes lo habitan:

  • Estimular los sentidos sin sobrecargarlos, con colores que calmen o activen según el momento, texturas naturales y variadas y una luz que se parezca a la natural. Nosotros solemos planificar una iluminación que acompañe el ciclo del día.
  • Invitar a moverse, con escaleras a la vista y lindas, pasillos amplios y lugares para descansar.
  • Pensar en cada edad: los espacios para chicos pueden estimular su desarrollo, y los de personas mayores necesitan otra comodidad y otra accesibilidad.
Tumba Brion de Carlo Scarpa: pabellón de hormigón con aberturas vidriadas sobre un estanque, pasos de piedra y cipreses al costado.
Tumba Brion, de Carlo Scarpa. Foto: Christian Moller Andersen

En el proyecto

Pensar desde los sentidos cambia tanto el proceso como el resultado. Algunas cosas que hacemos:

  • Leer el terreno con todos los sentidos antes de diseñar: la luz, los sonidos, las texturas, los olores. Richard Neutra ya insistía, en Survival Through Design (1954), en cómo el entorno afecta el bienestar. Ese análisis puede volverse un mapa de lo que se siente en el lugar.
  • Sumar a quienes van a habitar el espacio, para entender qué necesitan y qué les molesta. Es lo que defendieron Pallasmaa, Aalto y tantos otros. Es un must.
  • Elegir los materiales por cómo se ven y también por cómo se sienten. Zumthor es un maestro en eso.
  • Pensar la acústica desde el principio, como hace Steven Holl. Otro must.
  • Diseñar la luz y el color pensando en el ánimo. En el color, la obra de Luis Barragán es una escuela.

Con la luz, me gusta comparar dos bibliotecas. La Biblioteca Central de Seattle, de Rem Koolhaas (OMA), me encanta, pero en algunos lugares el sol pega directo en el libro que estás leyendo y encandila. En la Biblioteca de Viipuri, Alvar Aalto resolvió la lectura con lucernarios redondos que reparten la luz desde muchos ángulos, sin sombras molestas.

Lo que gana un diseño que piensa en los sentidos

  • Bienestar. Bessel van der Kolk, en El cuerpo lleva la cuenta (2014), muestra cuánto del estrés y del trauma queda en el cuerpo. Un lugar que da seguridad ayuda a bajar la guardia.
  • Lugares que se recuerdan. Los espacios que estimulan los sentidos de forma equilibrada se recuerdan más y generan vínculo.
  • Inclusión. Las texturas y los sonidos bien usados ayudan a orientarse a las personas con baja visión. Una buena acústica, una vista sin exceso de estímulos y recorridos claros mejoran la experiencia de las personas muy sensibles.
  • Naturaleza. Este enfoque suele sumar elementos naturales y mirar el entorno, lo que nos acerca a la naturaleza. Es la biofilia, buena para las personas y para el ambiente.

La arquitectura es un diálogo entre el espacio y las personas en todas sus dimensiones sensoriales: los sentidos que nos enseñaron en la escuela y los que vamos sumando a medida que entendemos cómo funciona el cuerpo. Si los tenemos en cuenta a todos, podemos diseñar según cómo funcionamos, para una arquitectura más empática e inclusiva, que mejore la vida de quienes la habitan.


Para seguir leyendo

  • Ellard, C. (2015). Places of the Heart.
  • Gallese, V. y Gattara, A. (2015). “Embodied Simulation, Aesthetics, and Architecture: An Experimental Aesthetic Approach”. En S. Robinson y J. Pallasmaa (eds.), Mind in Architecture. MIT Press.
  • Holl, S. (2000). Parallax.
  • Mombiedro, A. Neuroarquitectura. (se abre en otra pestaña)
  • Neutra, R. (1954). Survival Through Design.
  • Pallasmaa, J. Los ojos de la piel, La mano que piensa y Habitar. Gustavo Gili.
  • Robinson, S. y Pallasmaa, J. (eds.) (2015). Mind in Architecture: Neuroscience, Embodiment, and the Future of Design. MIT Press.
  • van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta.
  • Venturi, R., Scott Brown, D. e Izenour, S. (1972). Aprendiendo de Las Vegas.
  • Zumthor, P. Pensar la arquitectura. Gustavo Gili.
  • Imágenes: Ex of In House (RIBA Journal) (se abre en otra pestaña) y Casa NA (ArchDaily) (se abre en otra pestaña).

El arte de habitar lo que somos

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