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Acercándome a la neuroarquitectura: la complejidad y la belleza de las emociones

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La complejidad y la belleza de las emociones

Las emociones, en toda su belleza y complejidad, constituyen el núcleo de la experiencia humana. Estos intrincados fenómenos, caracterizados por un rico tapiz de sentimientos subjetivos, respuestas fisiológicas y comportamientos expresivos, conforman nuestras percepciones e interpretaciones del mundo que nos rodea. Son el combustible que impulsa nuestras acciones, la lente a través de la cual interpretamos nuestras experiencias y el pegamento que nos une a las personas y los lugares que más nos importan. Pero ¿cómo influye el entorno en nuestras respuestas emocionales? ¿Y cómo podemos diseñar espacios que favorezcan el bienestar emocional? Aquí es donde entra en juego la neuroarquitectura, un campo en constante desarrollo que se encuentra en la intersección de la neurociencia y la arquitectura.

La aparición de la neuroarquitectura

La neuroarquitectura, como su nombre indica, es la aplicación de la neurociencia al campo de la arquitectura. Trata de entender la compleja interacción entre el entorno construido y el cerebro humano, aprovechando los conocimientos de la neurociencia para diseñar espacios que fomenten el bienestar, la productividad y la calidad de vida. Esta disciplina se basa en principios de diversos campos, como la neurociencia cognitiva, la psicología y las ciencias del comportamiento, y los aplica al diseño y la construcción de espacios físicos.

Los avances en las técnicas aplicadas a la neurociencia, como la imagen por resonancia magnética funcional (IRMf) y la electroencefalografía (EEG), han proporcionado a quienes investigan una visión sin precedentes del cerebro humano. A los arquitectos, estos conocimientos nos permiten estudiar cómo los elementos arquitectónicos —la luz, el espacio, el color, textura, etc.— afectan a la actividad cerebral y a nuestras emociones. Espero que estas tecnologías pronto sean más accesibles y menos intrusivas para poder ser utilizadas en el día a día de nuestra disciplina y así, mejorar aún más la experiencia del usuario en los espacios.

Arquitectura y emoción: La conexión neurocientífica

Al igual que las emociones son reacciones complejas en las que intervienen diversos componentes, también lo es nuestra percepción y experiencia respecto a los espacios que nos rodean. A un nivel muy básico, nuestro cerebro procesa la información visual de nuestro entorno. Pero la historia no acaba ahí. El atractivo estético de un espacio, su funcionalidad, los recuerdos y las diferentes asociaciones que realizamos contribuyen a nuestra respuesta emocional.

Pensemos, por ejemplo, en el efecto de la luz natural en nuestro estado de ánimo. La exposición a la luz natural puede mejorar el estado de ánimo, aumentar el estado de alerta y mejorar la salud mental en general. Este efecto está mediado por el núcleo supraquiasmático del cerebro, que regula nuestros ritmos circadianos e influye en nuestro estado de ánimo y alerta.

Del mismo modo, la percepción del espacio desempeña un papel importante en nuestra respuesta emocional. La amígdala, una estructura cerebral en forma de almendra conocida por su papel en el procesamiento de las emociones, responde a parámetros espaciales como la altura, la anchura y la profundidad. Los espacios estrechos o abarrotados pueden inducir sentimientos de estrés o malestar, mientras que los espacios abiertos y ventilados pueden evocar una sensación de libertad y tranquilidad. Claro, no hay reglas generales…

El papel de la emoción en la cognición: Reflexiones de Antonio Damasio

Al hablar de la intersección entre neurociencia y arquitectura, es pertinente considerar el trabajo del renombrado neurocientífico Antonio Damasio. Las investigaciones de Damasio subrayan el papel integral de las emociones en nuestros procesos cognitivos. En contra de la opinión tradicional de que las emociones y la razón son entidades separadas, Damasio propone que las emociones son un componente crucial de la toma de decisiones y el pensamiento racional. Su hipótesis del marcador somático postula que los procesos emocionales guían (o sesgan) nuestro comportamiento y nuestra toma de decisiones.

Esta perspectiva encaja perfectamente con los principios de la neuroarquitectura. Los espacios arquitectónicos pueden suscitar respuestas emocionales, que, a su vez, según la teoría de Damasio, pueden influir en nuestros comportamientos y decisiones dentro de esos espacios. Por ejemplo, un espacio que evoca una sensación de calma y paz puede fomentar la contemplación y la concentración, mientras que un espacio vibrante y dinámico puede inspirar creatividad y colaboración.

Procesos ascendentes y descendentes en la neuroarquitectura

En neurociencia, el procesamiento ascendente se refiere a la idea de que las percepciones comienzan con la entrada sensorial, es decir, la información que nuestro cerebro recibe a través de los sentidos. Este procesamiento consiste en construir una representación del mundo que nos rodea a partir de esta información sensorial entrante. Por el contrario, el procesamiento descendente consiste en utilizar información previamente aprendida para interpretar esta entrada sensorial.

En el contexto de la arquitectura, el procesamiento ascendente puede consistir en reaccionar ante los detalles sensoriales inmediatos de un espacio, como el brillo de las luces o el color de las paredes. Por otro lado, el procesamiento descendente en arquitectura podría implicar interpretar un espacio basándose en experiencias pasadas, recuerdos o connotaciones culturales.

Por ejemplo, un edificio con techos altos y grandes ventanales por los que entra mucha luz natural. La respuesta inmediata, ascendente, podría ser una sensación de apertura y libertad debido a la amplitud del espacio y a la luz brillante. Sin embargo, si previamente ha aprendido que estas características arquitectónicas suelen encontrarse en propiedades de lujo, su procesamiento descendente podría llevarle a percibir el espacio como elegante y de alta gama.

Estos dos tipos de procesamiento están continuamente en juego cuando interactuamos con nuestro entorno construido, dando forma a nuestras percepciones y respuestas emocionales. Comprendiendo y aprovechando estos procesos, podemos diseñar espacios que no sólo apelen a nuestra experiencia sensorial inmediata (bottom-up), sino que también resuenen con nuestros recuerdos, asociaciones aprendidas y conocimientos culturales (top-down).

De este modo, la neuroarquitectura abarca tanto las experiencias sensoriales ascendentes evocadas por las características físicas de un espacio como los procesos cognitivos descendentes que dotan a los espacios de significado. Teniendo en cuenta estos dos aspectos, podemos crear entornos que no sólo estimulen nuestros sentidos, sino que también resuenen a un nivel más profundo y personal, influyendo así profundamente en nuestras emociones y comportamientos.

Modular las emociones a través del diseño

Comprender ciertos principios neurocientíficos nos permite, cómo arquitectos, diseñar espacios capaces de provocar o modular respuestas emocionales específicas. Por ejemplo, para fomentar las emociones positivas y reducir el estrés en las oficinas, se pueden incorporar elementos de diseño biofílico, como luz natural, vegetación y vistas a la naturaleza. Las escuelas e instituciones educativas pueden utilizar el color y el equipamiento de forma estratégica para estimular el aprendizaje y la creatividad.

Además, según cada caso, se pueden diseñar diferentes tipos de espacios que satisfagan nuestra necesidad de conexión social, un componente clave del bienestar emocional. Al crear espacios comunes acogedores, fomentamos un sentimiento de comunidad y pertenencia. Se promueven interacciones sociales positivas que puedan mejorar el estado de ánimo y reducir la sensación de soledad. Depende de cada situación, pero podemos asociar este tipo espacios de interacción dentro del concepto del tercer lugar de Ray Oldenburg que desarrollaré en la siguiente entrada.

El futuro de la neuroarquitectura

Las aplicaciones potenciales de la neuroarquitectura son vastas y variadas, y van más allá de la arquitectura residencial, corporativa y comercial y sus conceptos pueden abarcar a la planificación urbana. Por ejemplo, comprender cómo influyen los entornos urbanos en nuestras emociones y comportamientos puede ayudar a diseñar ciudades más sanas, habitables y seguras.

Sin embargo, este campo dentro de la arquitectura es aún joven y quedan muchas preguntas por responder. ¿Cómo influyen los distintos contextos culturales y experiencias personales en nuestras respuestas emocionales a la arquitectura? ¿Cómo podemos diseñar espacios sostenibles que no sólo beneficien nuestro bienestar emocional, sino que también respeten nuestro planeta? A medida que avanza la tecnología y se profundiza nuestro conocimiento del cerebro, las respuestas a estas preguntas están a nuestro alcance. Está claro que cada uno de nosotros somos diferentes y el diseño debe adaptarse a nuestras propias características personales, sin embargo, es posible encontrar denominadores comunes con los cuales diseñar para un público más ampliado, cómo en los entornos corporativos, comerciales o urbanos donde hay una basta la diversidad de usuarios, y mediante el diseño podemos proporcionar cierta variedad en los espacios para abarcar diferentes tipos de personalidades.

La neuroarquitectura representa una poderosa herramienta para crear espacios que estén realmente al servicio de las personas que los habitan. Al integrar los principios de la neurociencia en el proceso de diseño, se pueden crear entornos que no sólo satisfagan nuestras necesidades físicas, sino que también alimenten nuestro bienestar emocional. Las emociones, con su belleza y complejidad, no son meros fenómenos efímeros que experimentar y olvidar. Están profundamente entrelazadas con los espacios que habitamos, dando forma a nuestras interacciones con el entorno y entre nosotros.

Mientras seguimos explorando la intrincada relación entre nuestro cerebro y el entorno construido, una cosa está clara: el futuro de la arquitectura no consiste sólo en construir estructuras. Se trata de comprender la experiencia humana y diseñar espacios que enriquezcan nuestras vidas a un nivel profundamente emocional. A través de la lente de la neuroarquitectura, podemos empezar a ver nuestras edificaciones como espacios dinámicos y vivos que tienen el poder de moldear nuestras emociones, influir en nuestros comportamientos y, en última instancia, transformar nuestras vidas.

En conclusión, la belleza y complejidad de las emociones y su papel crucial en nuestra percepción e interpretación del entorno subrayan la importancia de un enfoque de la arquitectura basado en la neurociencia. La neuroarquitectura abre nuevas vías para crear espacios que resuenen con nuestras necesidades emocionales inherentes, mejorando así significativamente nuestra calidad de vida, productividad y bienestar. Es un momento apasionante para dedicarse al mundo de la arquitectura, ya que seguimos descubriendo las profundas formas en que el entorno construido afecta a nuestro paisaje emocional.

Referencias:

Imagen 1: Kentucky Neuroscience Institute | UK Healthcare (uky.edu)

Imagen 2: Top 5 Neuroscience News Stories of the Week – Neuroscience News

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