Acercándome a la neuroarquitectura: la complejidad y la belleza de las emociones
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Las emociones están en el centro de la experiencia humana. Mezclan lo que sentimos, lo que pasa en el cuerpo y lo que hacemos, y tiñen cómo percibimos el mundo. Nos mueven a actuar y nos unen a las personas y a los lugares que más nos importan. Pero ¿cuánto influye el entorno en ellas? ¿Y cómo podemos diseñar espacios que nos hagan bien? Esas preguntas me acercaron a la neuroarquitectura, un campo todavía joven, entre la neurociencia y la arquitectura.
Qué es la neuroarquitectura
Es la aplicación de lo que sabemos sobre el cerebro al diseño de espacios. Junta la neurociencia, la psicología y las ciencias del comportamiento para entender cómo nos afecta el entorno construido y usar eso al proyectar.
Las técnicas para observar el cerebro, como la resonancia magnética funcional o el electroencefalograma, permiten estudiar cómo la luz, el espacio, el color o la textura cambian la actividad cerebral y las emociones. Espero que estas tecnologías pronto sean más accesibles y menos intrusivas, para usarlas en el día a día de nuestra disciplina y mejorar todavía más la experiencia de quienes habitan los espacios.
Lo que sabemos, con prudencia
Algunos ejemplos ayudan a ver de qué hablamos.
La luz natural puede mejorar el ánimo y la atención. Una parte de ese efecto pasa por el núcleo supraquiasmático, un grupo chico de neuronas que funciona como reloj del cuerpo y ordena los ritmos del día y la noche. Por eso importa cuánta luz natural entra en una casa, y a qué hora.
La forma también cuenta. En 2007, Moshe Bar y Maital Neta mostraron imágenes de objetos de todos los días, como un sillón con esquinas en punta y otro con bordes curvos, y encontraron que los de ángulos agudos activaban más la amígdala, una zona del cerebro ligada al miedo y al estado de alerta. Su hipótesis es que el cerebro lee lo puntiagudo como una posible amenaza.
Con espacios enteros, el equipo de Oshin Vartanian encontró que la gente tiende a juzgar más lindos los ambientes con curvas que los de líneas rectas (2013), y también los de techos altos y los abiertos; los ambientes cerrados, en cambio, llevaban más seguido a decidir salir (2015).
Son estudios con grupos chicos, en laboratorio y mirando imágenes, así que hay que leerlos con prudencia. No hay reglas generales: cada uno vive el espacio a su manera. Pero dan pistas.
Emoción y razón: Antonio Damasio
El neurocientífico Antonio Damasio mostró, en El error de Descartes (1994), que la emoción y la razón no van por caminos separados. Su hipótesis del marcador somático propone que las emociones guían nuestras decisiones. Llevado al espacio: si un lugar nos da calma, es más fácil concentrarnos; si es más dinámico, puede invitar a crear o a trabajar con otros.
Lo que sentimos y lo que sabemos
Cuando entramos a un lugar, el cerebro trabaja en dos direcciones. Por un lado, desde los sentidos: el brillo de la luz, el color de las paredes, la altura del techo. Es el procesamiento ascendente, o bottom-up. Por otro, desde lo que ya sabemos: recuerdos, experiencias y códigos culturales con los que interpretamos lo que percibimos. Es el procesamiento descendente, o top-down.
Un ambiente con techos altos y ventanales grandes puede dar, de entrada, sensación de amplitud y libertad. Pero si aprendimos a asociarlo con casas de lujo, también lo vamos a leer como algo caro o lejano. Diseñar bien es tener en cuenta las dos cosas: lo que el lugar les da a los sentidos y lo que significa para quien lo habita.
Diseñar con esto en mente
Entender estos principios nos ayuda a diseñar espacios que favorezcan ciertas emociones. En una oficina, la luz natural, las plantas y las vistas a la naturaleza ayudan a bajar el estrés; lo conté en Biofilia en arquitectura. En una escuela, el color y el equipamiento pueden acompañar el aprendizaje.
También podemos pensar lugares para encontrarnos, que alivien la soledad y den pertenencia: lo que Ray Oldenburg llamó terceros lugares, y que desarrollé en La importancia de los terceros lugares.
Lo que falta
La neuroarquitectura puede llegar más allá de las casas y las oficinas, hasta la ciudad. Pero es un campo joven y quedan muchas preguntas. ¿Cómo cambian nuestras respuestas según la cultura o la historia de cada uno? ¿Cómo diseñamos espacios que nos cuiden a nosotros y también al planeta?
Cada persona es distinta, y el diseño tiene que adaptarse. Aun así, hay denominadores comunes que sirven para diseñar para muchos, como en una oficina, un comercio o la ciudad, donde conviven personas muy distintas. Ahí, ofrecer variedad de espacios es una forma de abarcar distintas personalidades.
Todavía estamos aprendiendo cómo se relacionan nuestro cerebro y el entorno construido, pero algo está claro: la arquitectura tiene que partir de la experiencia humana y diseñar espacios que nos hagan bien. Por eso me interesa una arquitectura que tenga en cuenta lo que dice la neurociencia. Es un buen momento para dedicarse a esto, mientras seguimos descubriendo cómo nos afecta el entorno construido.
Para seguir leyendo
- Bar, M. y Neta, M. (2007). “Visual elements of subjective preference modulate amygdala activation”. Neuropsychologia, 45(10), 2191-2200. (se abre en otra pestaña)
- Damasio, A. (1994). Descartes’ Error. (En español: El error de Descartes).
- Vartanian, O. y otros (2013). “Impact of contour on aesthetic judgments and approach-avoidance decisions in architecture”. PNAS, 110(supl. 2), 10446-10453. (se abre en otra pestaña)
- Vartanian, O. y otros (2015). “Architectural design and the brain: Effects of ceiling height and perceived enclosure on beauty judgments and approach-avoidance decisions”. Journal of Environmental Psychology, 41, 10-18. (se abre en otra pestaña)
- Imágenes: Kentucky Neuroscience Institute (UK HealthCare) (se abre en otra pestaña) y Neuroscience News (se abre en otra pestaña).
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