La importancia de los terceros lugares en nuestra sociedad
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Pasamos la vida entre unos pocos lugares. La casa, el trabajo y, si tenemos suerte, algún otro: el café de la esquina, la plaza, el club, la biblioteca. Ese otro lugar tiene nombre. El sociólogo estadounidense Ray Oldenburg lo llamó tercer lugar: la casa es el primero, el trabajo el segundo, y el tercero es donde nos encontramos con otros sin obligación, solo porque nos gusta estar ahí.
Oldenburg lo desarrolló en The Great Good Place (1989), un libro sobre los cafés, los bares, las peluquerías y los almacenes donde se arma la vida de un barrio. Murió en 2022, pero la idea sigue siendo muy útil para la arquitectura.
Qué hace que un lugar sea un tercer lugar
No cualquier lugar con gente lo es. Oldenburg describe ocho rasgos:
- Terreno neutral. Nadie es anfitrión y nadie está obligado a ir.
- Nivelador. Ahí no importa a qué te dedicás ni cuánto ganás.
- La conversación es lo principal.
- Fácil de llegar. Está cerca, abre muchas horas y se puede ir sin avisar.
- Tiene habitués, que le dan el carácter y reciben a los nuevos.
- Perfil bajo. Sin pretensiones; muchas veces, desde afuera, no llama la atención.
- Un clima de juego, liviano y con humor.
- Un hogar fuera del hogar: uno se siente cómodo, como en casa.
Me gusta que casi ninguno de esos rasgos sea arquitectónico. Un tercer lugar no se diseña solo con planos: lo hacen las personas que vuelven. Pero la arquitectura puede ayudar mucho, o estorbar.
Por qué importan hoy
En 2025, la Organización Mundial de la Salud publicó un informe sobre la conexión social. Estima que una de cada seis personas en el mundo se siente sola, y que la soledad se asocia con unas 871.000 muertes por año. Entre los adolescentes y los jóvenes, la proporción llega a una de cada cinco.
Las causas son muchas, y la arquitectura no las resuelve sola. Pero los lugares donde podemos cruzarnos con otros sin plan y sin gastar mucho, sí cuentan. El sociólogo Eric Klinenberg los llama infraestructura social, y pone a las bibliotecas, las plazas y los clubes al mismo nivel que las calles o el agua. La pandemia lo dejó claro: cuando cerraron, muchas personas se dieron cuenta de cuánto los necesitaban.
Lo que puede hacer la arquitectura
Hay cosas que ayudan a que un lugar invite a quedarse:
- Lugares para sentarse, y mejor si se pueden mover. William H. Whyte, que pasó años filmando plazas de Nueva York, vio que la gente se sienta donde hay dónde sentarse, y que las sillas móviles funcionan mejor que las fijas porque cada uno elige.
- Sol y sombra, para que el lugar sirva en invierno y en verano.
- Bordes: un escalón, un murete, un banco contra una pared. La gente prefiere sentarse con la espalda cubierta, mirando lo que pasa.
- Plantas bajas abiertas a la calle, con lo que pasa adentro a la vista.
- Una acústica que deje conversar, sin tener que gritar.
- Que pueda usarlo cualquiera: chicos, personas mayores, alguien en silla de ruedas, alguien que no consume nada.
- Preguntarle al barrio. Los mejores terceros lugares se arman con quienes los van a usar, como pasó en Superkilen, en Copenhague.

Terceros lugares adentro
La idea de Oldenburg es urbana, pero me sirve para pensar edificios.
Una oficina, por ejemplo, se puede pensar como una ciudad chica. El puesto de cada persona se parece a una casa, un primer lugar. Las salas de reunión formales son el segundo. Y todo lo demás (la cocina, el rincón del café, una terraza, un pasillo ancho con un banco) puede funcionar como tercer lugar, donde la gente se cruza, conversa y arma equipo sin que nadie lo haya programado.
Lo mismo pasa en los lugares donde se vive en común: un coliving, una residencia para personas mayores, una residencia de estudiantes, un hogar, un conjunto de vivienda social. Ahí, los espacios compartidos (el patio, la cocina, el lavadero, la huerta) son los que hacen que los vecinos se conozcan y se ayuden. Muchas veces son lo primero que se recorta del presupuesto, y es un error.
Incluso en una casa puede haber algo de eso. Lo conté en El jardín como tercer lugar doméstico.
Acá
En Uruguay tenemos terceros lugares que Oldenburg habría disfrutado: el club de barrio, el almacén, la plaza, la feria. Y uno que es casi un símbolo: la rambla de Montevideo, donde cualquiera camina, toma mate, se sienta en el murete y se cruza con gente que no conoce. Nadie es anfitrión, nadie paga entrada y nadie pregunta a qué te dedicás.
Cuidar esos lugares, y diseñar nuevos con esa misma generosidad, también es trabajo de la arquitectura.
Para seguir leyendo
- Klinenberg, E. (2018). Palaces for the People: How Social Infrastructure Can Help Fight Inequality, Polarization, and the Decline of Civic Life. Crown.
- Oldenburg, R. (1989). The Great Good Place. Paragon House.
- Whyte, W. H. (1980). The Social Life of Small Urban Spaces. The Conservation Foundation.
- Organización Mundial de la Salud (30 de junio de 2025). “Social connection linked to improved health and reduced risk of early death”. (se abre en otra pestaña)
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